Zoe, que en griego significa: "llena de vida", o "vida", nació el 22 de mayo luego de 4 horas de trabajo de parto, la recibo yo misma con apoyo de mi doctor ginecólogo y matrona en una tarde hermosa. Hay mucho que contar con respecto a lo anecdótico de no sentir contracciones hasta llegar a 7cms de dilatación, extraño... Pero bueno es algo que ya decidimos dejarlo ahí. Todo fue posible junto a su padre y amor de vida, obviamente, quien fue parte de este equipo para que Zoe llegara al mundo.
Nuestra hija actualmente tiene 3 meses. Es una gorda exquisita, risueña, regañona cuando es necesario (y vaya que pulmones tiene! para hacerse escuchar), dormilona, conversadora... Regala sonrisas y balbuceos, adora chuparse las manos, bañarse y por supuesto tomar su tetita. Muy expresiva... Muy ella.
Su llegada removió cada estructura existente en nuestras vidas, la forma de ver la vida, el trabajo, la casa, la organización, hasta como tomamos desayuno. Sé que muchas mamás comprenderán eso último. El primer hijo o hija en casa, remueve todo, hace vivir la primera crisis en la pareja, pasamos a ser una tríada que los primeros meses está enfocada en proteger y nutrir a este pequeño ser, expuesto de golpe a la exterogestación. Al mundo y el sin fin de cosas, que dentro de la panza, ni por si acaso podría imaginar.
La responsabilidad es gigante y pensamos que hasta magia podemos hacer cuando damos de lactar, cuando ves que síiii la leche alimenta y es blanca y también puede ser amarilla, porque cambia de composición según las necesidades de tu guagua y te maravillas otra vez de la vida, del cuerpo femenino, de lo poderosas y vulnerables que podemos ser en este momento de nuestras vidas.
Zoe me transformó y lo sigue haciendo a diario. Al inicio me preguntaba donde consigo más paciencia, sobre todo cuando lloraba. Antes en mi vida, escuchar llorar a un bebé me era agggg poco soportable, se lo tenía cerca me iba, jamás me ofrecía a calmar a alguno. Sabía contener a cualquier niño que hablara pero a un bebé... Es otra cosa! Y vaya que sí, por eso mi paciencia tuvo un vuelco fuerte. Dos veces llegué al límite con Zoe, con el miedo de no saber que hacer con ella, con llanto, con desesperación, prefería incluso dejarla un rato llorar pero era peor, no sabía contenerla y ella me fue mostrando, comencé a relajarme, a considerar que yo llanto no buscaba fastidiarme ni manipular ni atacarme, que es lo que muchas personas te dicen "Dejala llorar!! para que haga pulmones"... No, empecé a adelantarme a sus necesidades y mejoró mucho nuestra comunicación. Hay momentos en que regaña y la escucho y le converso, y se calma. Es bonito lograrlo, es difícil cuando nos ponemos tantos frenos y no hacemos caso a nuestros instintos.
Otro punto difícil ha sido establecer la lactancia. Yo quise desde antes de su nacimiento, optar por la lactancia materna exclusiva, aunque sospecho que en la clínica le dieron relleno en las madrugadas, igual dije: mi hija tomará leche de mis tetas. Y así pese al dolor, a las grietas, a las veces que los pediatras me han dicho toma "sulpilan", jamás he tenido falta de leche y mi hija crece y engorda de acuerdo a su edad. El primer mes me apoyé de pezoneras para cicatrizar las heridas y ya luego, ella solita las iba sacando y comenzó a tomar más y directo de mis pechos. No negaré que lloré la primera semana, de dolor y frustración, más adelante de frustración de sentir que no lograba la lactancia que soñaba. Me apoyé de dos asesoras de lactancia y con la última, Javiera, comprendí muchas cosas, entre esas una que me quedó grabadísima que el acople no tiene por qué ser de libro, y para quienes somos "mateítas" a veces creer que tiene que ser así frustra mucho porque nos hacemos expectativas que no tienen nada que ver con nuestra realidad.
Y bueno eso es un poco de lo que ha pasado. Más adelante escribiré de lo que ha sido ser puérpera. Un abrazo a quien lee.
Comentarios
Publicar un comentario